Dentro de una caracola...


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martes, 13 de julio de 2010

Párpados al alba.

Se levantó e hizo la cama.
Abrió las ventanas dejando penetrar así los primeros rayos de luz del alba, que ensalzaron las blancas sábanas de una cama de matrimonio vacía. El silencio resultaba incómodo a los oídos, tanto que incluso esos rayos de luz reflejaban suspiros.

Entre el ambiente de calma se ató los cordones, siempre la misma disciplina, abrocho cuidadosamente cada botón de su camisa.Y se fué hacia al baño, donde un empañado espejo le reflejo la misma imagen de siempre. Nítida y simple.Un chirrido fue la advertencia del agua saliendo del grifo, agua clara y fría con la que roció su tez. Secó con una toalla blanca sus manos delicadas y se encaminó hacia el frigorífico. Sacó el brick de leche, se sirvió una taza, y mientras ojeaba un periódico que apenas le importaba se la tomó.
El transcurso de las hojas embadurnadas en tinta provocaba un sonido extraño, relajante, pero extraño. Cuando alcanzó la ultima página del diario lo apartó, y sacó un cigarro de la cajetilla.
Lo encendió y reflexionó sobre esos momentos de calma, mientras observaba la luz a través de la ventana. Esas cortinas...
Esa cortinas de siempre, finas y pulcras que no dejaba de mirar cada mañana, reflejaban la paz del verano...

Decidió asomarse al balcón, apartó las cortinas, y dejo correr esa brisa de aire fresco con olor a mar, procedente de la playa. Era un olor reconfortante.
A estas horas nadie se adentra en la arena a plasmar las huellas de los pies, pero pudo percibir a lo lejos dos pescadores sentados en la rocas con el sombrero y la camisa abierta.
En ese instante todo fue perfecto.

Hasta que sin más un gorrión se posó sobre la barandilla, el canto era pausado y relajante.
Se aparto el flequillo del pelo, y se dirigió a la puerta.

Tomó el pomo con decisión y la abrió...Tras el umbral de esa puerta todo estaba como debía, el parquet bajo la moqueta marcaba el tempo de sus pasos, como un reloj.
Bajó las escaleras y cruzó el portal, depositó en el suelo la colilla y prosiguió con su andadura.


Callejuelas con paredes blancas, sin la mas minima imperfección que turbara la armonía del paisaje. Dobló la esquina y algo cambio, la chica del otro día estaba en la parada, sentada, con la mirada perdida, los pies sobre el asiento y abrazando sus rodillas.
Los pasos resonaban y el pulso aceleraba a cada centímetro recorrido, el ritmo cardiaco cada vez era mas y mas fuerte, las palmas de las manos empezaron a sudarle, no dejaba de morderse el labio, estaba nervioso.

Cuando llegó al punto en el que ya era casi imposible volver la cabeza, la miró.
:-Verás, yo...
Las palabras se estancaban en la garganta, las cataratas de luz de su cabello chocaban contra los labios finos de aquella chica, incluso podía palpar como salpicaban contra el. La chica gesticuló, remarcando las comisuras, se colocó las lentes y alzo la mirada.
:-¿Tu?.
El nudo en la garganta cada vez ejercía mas presión...
Ella se puso en pié, se apartó los cabellos de la cara y se acercó asta el punto que consiguió que temblaran las rodillas...
Ambos cerraron los ojos, una cremallera de pestañas hablaba por ellos. El reloj se paro, el viento dejó de soplar y...

:- ¡Rodrigo!, me as oído, levántate, has vuelto a dejar el cuarto echo una pocilga, recoge la ropa y baja, llegamos tarde.

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